Cuando el desarrollo va primero, el aprendizaje llega.

Cuando pensamos en educación, solemos pensar en aprender a leer, a escribir, en saber más cosas, en rendir mejor en la escuela.
Pero educar no es lo mismo que instruir.

Un niño puede aprender contenidos, memorizar datos y cumplir con lo esperado… y aun así no estar verdaderamente educado.
Porque la educación no se mide solo por lo que un niño sabe, sino por cómo se gobierna a sí mismo, cómo se relaciona con otros, cómo enfrenta la frustración, cómo piensa y cómo decide.

Antes de cualquier aprendizaje académico, hay algo que necesita desarrollarse primero: las bases internas.
La capacidad de pensar con sentido, de expresarse, de sostener la atención, de regular las emociones.
Sin estas bases, los contenidos se vuelven una carga. Con ellas, el aprendizaje fluye.

La instrucción es parte de la educación, pero no la reemplaza.
Educar no es eliminar contenidos, sino ofrecerlos cuando el niño tiene experiencias previas que les dan sentido.

Por ejemplo, en la lectoescritura no se trata de aprender letras antes de tener algo que decir.
El lenguaje no nace del código: nace del sentido.
Cuando un niño vive experiencias, puede organizarlas, expresarlas y comprenderlas, la lectura y la escritura aparecen como herramientas, no como imposiciones.

Por eso leer, escribir, razonar o memorizar no son el punto de partida.
Son una consecuencia de un desarrollo interno bien acompañado.

Educar no es apurar procesos ni medir a todos con la misma vara.
Educar es respetar los tiempos, sostener el crecimiento interno y ofrecer experiencias que formen personas seguras, autónomas y con criterio.

Porque la educación verdadera no prepara solo para la escuela.
Prepara para la vida.

¿Desde dónde estamos educando: desde la exigencia por resultados o desde el respeto por el desarrollo humano?

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