Montessori – Fantappié

Hoy, releyendo mis álbumes y organizando el trabajo, me encontré con una cita de Luigi Fantappié que dice así:

“En el universo existen dos grandes categorías de fenómenos.
Los primeros, llamados entrópicos, tienen su origen o causa en el pasado y, partiendo de lo complicado y lo complejo, avanzan hacia lo simple y lo uniforme. Existe, sin embargo, una enorme clase de fenómenos distintos, cuyo centro de origen no se encuentra en el pasado, sino en el futuro: un centro de origen que se revela como el fin, el propósito o el impulso del fenómeno. Estos fenómenos son fenómenos sintrópicos. Todos los fenómenos vitales son típicamente fenómenos sintrópicos. En contraste, el fenómeno entrópico procede de lo diferenciado y complejo hacia lo simple y homogéneo.” Luiggi Fantappié

Fantappié fue un matemático y filósofo italiano que buscaba comprender las leyes que gobiernan el universo. La ciencia clásica, aquella que solemos estudiar en la escuela, explica muy bien ciertos procesos:
👉​ cómo se rompe algo
👉​ cómo se desgasta
👉​ cómo el orden tiende al desorden con el paso del tiempo. Eso es la entropía.

Pero Fantappié observó algo que no encajaba en ese marco explicativo:
👉​ los seres vivos no se desorganizan, se organizan;
👉​ un embrión no se desarma, se construye;
👉​ la mente no se simplifica, se complejiza.

Entonces se preguntó:
¿qué ley explica que algo vaya de lo simple a lo complejo, de lo informe a lo organizado?

De allí surge su gran aporte: distinguir entre fenómenos entrópicos y fenómenos sintrópicos.

Los primeros están impulsados por el pasado y tienden al desgaste, la uniformidad y la desorganización. Los segundos, en cambio, parecen orientados hacia el futuro: avanzan hacia la organización, la diferenciación y la vida. Un niño, una planta, el lenguaje mismo son ejemplos claros de este tipo de procesos.

Fantappié plantea algo verdaderamente revolucionario: la vida no se explica solo por causas pasadas, sino por fines futuros. No se trata de “pasó algo y entonces se desarrolló”, sino de que “va hacia algo”, y por eso se organiza. De aquí se desprende una comprensión fundamental: la teoría no crea la vida; es la vida la que obliga a crear nuevas teorías. Los procesos vivos no avanzan por desgaste ni por acumulación mecánica, sino por organización creciente.

Esta mirada dialoga profundamente con la pedagogía de María Montessori. Montessori no construyó su propuesta a partir de teorías previas, sino desde la observación rigurosa de los niños. Antes de explicar, observó; antes de teorizar, plantó pie en la realidad. Vio que el niño posee un impulso interno hacia el crecimiento, el orden y la complejidad, y que ese impulso se manifiesta cuando el ambiente lo permite.

Desde esta perspectiva, el desarrollo infantil no es empujado desde afuera ni moldeado por el adulto. El niño no se construye por intervención externa: se construye a sí mismo. Hay en él una fuerza interna que lo orienta hacia su desarrollo, hacia una forma futura. Por eso Montessori advierte: “no ayudar demasiado”. No porque el niño no necesite al adulto, sino porque intervenir en exceso puede interrumpir un proceso vivo que ya está en marcha.

Esto nos coloca en un nivel muy claro desde el cual comenzar a trabajar pedagógicamente. Simplificar en exceso, empobrecer el lenguaje o reducir los desafíos no protege al niño: lo frena. Empobrecer la experiencia es ir contra la dirección natural del desarrollo. El lenguaje rico, los conceptos verdaderos y las experiencias significativas no sobrecargan la mente infantil; por el contrario, le permiten organizarse. La mente no se llena: se estructura. Nombrar, clasificar y comprender no son actos impuestos desde afuera, sino respuestas a una necesidad interna de orden y sentido. El niño busca palabras porque busca comprender; busca comprender porque está orientado hacia su crecimiento. Por eso, no simplificar no es exigir: es confiar. Confiar en que hay un impulso interno hacia la complejidad, y que la tarea del adulto no es frenar ese impulso, sino acompañarlo.

Educar, entonces, no es reducir la realidad para hacerla “más fácil”, sino ofrecer herramientas verdaderas y un ambiente preparado que permita al niño desplegar todo su potencial. Cuando el adulto confía en las leyes de la vida y sabe retirarse a tiempo, el desarrollo sucede.

Fantappié observa las leyes de la vida.
Montessori las escucha en el niño.

Cuando llevamos esta mirada a la educación, algo se vuelve evidente: acompañar no es reducir, es confiar en el movimiento propio del desarrollo.

Quizás educar sea, ante todo, no interrumpir lo que quiere crecer.

Deja un comentario